El sapo- cuentos cortos

Había un sapo, verde, rugoso, de un color brillante que parecía como si estuviera cubierto de una gelatina transparente y aunque vivía en un estanque grande,de aguas cristalinas y abundancia de moscas que se posaban en las plantas acuáticas que flotaban, siempre estaba triste. La tristeza del sapo venía desde que era pequeño. No sentía deseo de nadar y saltar, de comer, de lanzar su larga lengua en busca de comida, de esas moscas tan ricas que tanto le gustaban. Nunca tuvo la inquietud de buscar una repuesta a tan larga desesperación y aunque él intuía el porque de su abatimiento, no quería adentrarse en su pasado por miedo a encontrar algo que le hiciese más desgraciado aun de lo que él se sentía.

Creció en una charca fangosa, pequeña, de poca agua y repleta de hermanos que en sus juegos fastidiaban su descanso al borde de una piedra recubierta de musgo; un musgo suave y mullido que le hacía sentir que se encontraba entre los brazos de su madre. Nunca conoció a su madre y eso le atormentaba, le atormentaba hasta tal punto que había días que no se separaba ni un instante de su dulce musgo, esforzándose en acercar a la memoria los rasgos de una madre que él gustaba de imaginar. Sus recuerdos eran lejanos, vagos, sin fuertes impresiones del pasado y eso le hacía que su creatividad le acercase a sentimientos de nostalgia como si esa infancia imaginaria le llevase a la única felicidad que creía conocer.

Cuando creció, la falta de seguridad en sí mismo hacía que constantemente se pelease con otros compañeros que nadaban libremente por el estanque. Siempre reprochaba que los demás tenían lo que a él se le negaba; el cariño de una madre dulce tierna y buena.

El sapo y la Zarigüeya
cuento corto

A veces la envidia se apoderaba de sus más bajos instintos y hacía que la piel le cambiara de color a un color rojo intenso con motas moradas desdibujadas por la espalda que le hacían un blanco perfecto como comida de pájaros y otros bichos del bosque. Alguna que otra vez, ya se había librado de ser despedazado por el pico de cualquier ave rapaz gracias a su resbaladiza piel y a sus potentes saltos de los que estaba orgulloso, orgullo que le había costado más de un disgusto cuando competía con otros para ver quien era el mayor saltador de todo el estanque y que hacía que se expusiera demasiado tiempo y con exceso fuera del agua. Le gustaba nadar debajo del agua y aguantar la respiración y cuando una mosca se acercaba a la superficie, de un salto y saliendo desde debajo del agua, se la tragaba de un bocado con su larga lengua.

Nunca quiso amigos porque decía que los amigos le daban dolor de cabeza. Terminaban siempre haciendo reproches y aunque sabia en el fondo que llevaban parte de razón, lucharía todo lo que pudiese por no ceder a las protestas y seguiría con su rutina de tristeza, compadeciéndose y evitando todo contacto con cualquier idea que lo sacase de su trance de dolor.

Los días se sucedían monótonos, iguales, como copias hechas por una impresora a la que se le acaba la tinta de color y la impresión se realiza con colores desiguales, desteñidos y mates. El tiempo parecía detenido. La soledad en la que se había quedado era más profunda que lo más profundo del estanque y a veces impenetrable, como cuando nadaba en el fondo turbio sin visión y sin luz, a ciegas. Esa era la actitud que tomaba frente a lo que le rodeaba.

Un viernes de verano, en una tarde calurosa pero con una leve brisa que refrescaba el ambiente, que hacía agradable poder pasar un buen rato tomando el sol bajo una gran hoja de Parra que había crecido cerca gracias a la humedad que se filtraba a través de la tierra, llegó al bosque cercano una Zarigüeya. Vagabunda, Errante y un poco soberbia cuyo único propósito era tumbarse el sol y gozar de los placeres que se procuraba y que podía conseguir de sus muchas correrías que había tenido en los ya largos viajes que hacía mas de 4 años que venía efectuando en busca de lo que él llamaba “Azulia”. ¿que sería eso de “Azulia”? se preguntaban los que en algún momento se habían cruzado por su camino y habían mantenido algún tipo de relación. ¿Sería un lugar…Una comida…? y tan solo se limitaba a quedarse pensativo y mirar sorprendido el camino por el que iba transitando. Su piel era peluda, suave y poseía cualidades de gran agilidad y de gran escalador. Su pasatiempo favorito era subirse a las copas de los arboles y sentarse a mirar el paisaje y con ello a todo bicho viviente que pudiese representar un buen desayuno o comida. La visión de una presa le entusiasmaba. Le parecía que el mundo era más hermoso con la panza llena y a veces cuando comía cantaba al mismo tiempo. Solía susurrar una melodía bailona y movida que repetía cada vez que comía lagartijas, su plato favorito. Era un plato que le encantaba recordandole a la carne de las gallinas que por mala suerte para ellas se cruzaban en su camino. Había aprendido a escalar las cercas de los gallineros y era todo un maestro en pillar desprevenidas a sus presas. Disfrutaba corriendo detrás hasta alcanzarlas y le gustaba de imaginar que era un gran corredor de 100 metros lisos que ganaba siempre una medalla de oro que no era otra cosa que un festín en toda regla. Comía también ciertas raíces con las que completaba su dieta, variando la composición de vitaminas y alimentos que hacían que su cuerpo mantuviese un gran tono muscular debido a la variedad de alimentos que ingería.

El Sapo le apasionaba pensar y reflexionar y llegó a la conclusión que no tenía nombre ,ya que su madre no se  lo había puesto y cada vez que lo pensaba más y más, terminó meditando que ni siquiera había conocido a su madre, ¡y claro! ,si nunca conoció a su madre como iba a saber su nombre. Lo habitantes del estanque siempre le llamaban ¡eh tú! y aunque él trataba de que pareciera que no le importaba, esto le producía cada vez una mayor tristeza. Una tristeza tan profunda que dejó de nadar y cazar moscas, su pasatiempo favorito porque verdaderamente le encantaba cazar moscas y medir su agilidad con ellas.

¿Como me llamaré?.- Se decía una y otra vez pasando las horas sentado en un nenúfar acuático, mirando a la lejanía y suspirando por un nombre.

¡aunque no fuese un nombre bonito, sería el mio!- se decía una y otra vez hasta que llegaba la noche y se quedaba dormido.

continuará……

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